30 de marzo de 2012

PASILLO GENEALÓGICO

La mujer de ojos azules contemplaba los enormes cuadros de marco dorado pintados al óleo varios siglos atrás, reparando en cada uno de los solemnes rostros de mirada infinita pintados al detalle generación tras generación. Carlota Lavigne construía en su mente un entramado de ramas genealógicas a medida que avanzaba por el gran corredor de suelo de mármol, apuntando en los márgenes de un cuaderno de hojas amarillentas algunos nombres de los personajes de las pinturas. Una década de sacrificio e investigación le había costado para acceder a aquel tesoro artístico y familiar, por lo que era inevitable que alguna lágrima rodara por su mejilla hasta caer en el frío suelo.

̶  Debe terminar la visita, los señores de Périgord llegarán al palacete en menos de veinte minutos y no desean la presencia de personas ajenas a la familia en la casa.  ̶  La voz de la doncella retumbó en el majestuoso pasillo.

Carlota asintió lentamente, mientras analizaba el último cuadro de la exposición. Un hombre de tupido bigote grisáceo vestido con un uniforme militar protagonizaba la imagen, acompañado de su mujer y sus hijos. La mirada impenetrable del hombre sobresalía del marco, incluso provocó que Carlota se sintiera intimidada.

Ante la insistencia de la joven asistenta, Carlota cerró su libreta y rebuscó algo en su bolso mientras recordaba las últimas palabras de su abuela, Emilia Lavigne, al morir hacía diez años. Su testamento oral representaba la llave que abría y resolvía muchas de las incógnitas que giraban alrededor de su apellido, su verdadero apellido. Su abuela confesó en el lecho de muerte que no era su nieta biológica, y que sus padres habían estado engañándola durante más de treinta años. Además, le entregó una vieja fotografía en blanco y negro de una niña de ojos claros y cabello ondulado, la única foto de Carlota en su infancia.

 Viajes por el mundo, visitas a las más famosas bibliotecas y hemerotecas, revisión de antiguos artículos periodísticos y una lectura intensiva de biografías le habían conducido paulatinamente hacia la noble familia Périgord, sumida por la tristeza desde el inesperado secuestro de la hija menor de Sir Charles y Lady Eléanore, la pequeña Helen de Périgord. Desde entonces, la obsesión de Carlota por el milenario árbol genealógico de la familia franco inglesa había inundado su vida. Creando una falsa identidad logró la autorización de un miembro de la familia para recopilar todos los datos escondidos en las bibliotecas de las numerosas pertenencias de aquella dinastía nobiliaria. La última pieza del rompecabezas, la que demostraría su pertenencia a la familia Périgord, residía en alguna estancia del palacete familiar, donde la única imagen de la pequeña Helen antes de ser secuestrada estaba colgada junto a la infinita serie de cuadros de cada generación.

̶  Por favor señorita Lavigne, ¡dese prisa!

Haciendo caso omiso a la doncella, Carlota sacó lentamente de su cartera de piel la única fotografía de su infancia y la colocó con cuidado junto al semblante de la pequeña Helen. Antes de que pudiera retirarlo, una voz anciana susurró a sus espaldas.

̶  ¿Helen?

Eléanore de Périgord había estado observando a la escritora de la historia de su familia desde que llego al “Pasillo Genealógico”, ignorando su verdadera identidad y propósito en la mansión.

̶  Madre.

Ambas mujeres se abrazaron con fuerza bajo la imagen de una familia cuyas sonrisas de pintura parecían volver a dibujarse de nuevo en un lienzo de alegría treinta años más tarde.

16 de noviembre de 2011

8 de noviembre de 2011

Toda una VIDA
Haiku inspirado en Nacpresso, por Narciuβ

Nací llorando.
Después abrí los ojos
Ahora los cierro.

Bebí tu aliento.
Habité en tus antípodas
Lloré en tus nadas.

Libé la savia
De tu piel de cerezo
Siempre mojada…

-¿Qué será el Caos?
-Tal vez tu orden ajeno
sobre mi mesa…

-¿Qué será el Caos?
-¿Y tú me lo preguntas?
Caos eres tú.

Compré un velero
Viajé hasta el fin del mundo…
Y aún sigo aquí.

Negué el futuro.
Desaprendí el pasado.
Ponme una caña.